Jaroussky, Cencic y Les Arts florissants en Oviedo

23/01/2011 at 3:36 pm (concierto, culta, música, Señora Petarda) (, , , , )

Todavía siento escalofríos pensando en el concierto del pasado 13 de enero en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Una reducida Les Arts florissants de sólo 5 músicos, entre ellos el encantador William Christie al clave y al órgano, y las maravillosas voces de Philippe Jaroussky y Max Emmanuel Cencic interpretaron repertorio de cámara de comienzos del siglo XVIII y consiguieron llenar el inmenso espacio y deleitar a un público (bastante frío, por cierto) no demasiado numeroso dada la ocasión. Tan sólo pondría una pequeña pega, y es no haber podido disfrutar del concierto en una sala más pequeña y más acorde con un concierto de cámara de estas características. Por lo demás, fue maravilloso.

La orquesta nos deleitó con un par de obras instrumentales preciosas, la sonata a tres número 8 opus 1 de Antonio Caldara y la sonata en trío número 6 opus 2 de Arcangelo Corelli. Los cantantes tuvieron sus momentos de lucimiento por separado, pero sin duda para mí lo mejor fueron los dúos, especialmente Pietoso nume arcier, de Giovanni Bononcini, Quando veggo un usignolo, de Francesco Conti y el impresionante bis Veggio fille (Tirsi e Fileno), de Benedetto Marcello, que cantaron perfectamente compenetrados y con la mayor delicadeza y dulzura. Por momentos tuve que cerrar los ojos y dejarme llevar embargada por aquella maravilla.

Philippe Jaroussky

A los cielos me transporta la voz de este hombre

La voz asopranada de Philippe Jaroussky me tiene encandilada desde que la descubrí hace algún tiempo. Es una voz perfectamente controlada que a pesar de las agilidades y los agudos más complejos destila sencillez y naturalidad de forma constante a la vez que se detiene en cada mínimo detalle expresivo. Para rematar, y quiero hacer constar que siento cierta aversión hacia el fenómeno fan, tuve la oportunidad de cruzar unas palabras con él tras el concierto (básicamente le di las gracias con una sonrisa de plena felicidad y éxtasis general reflejada en mi cara) y la impresión fue la de estar hablando con una persona sencilla y encantadora que disfruta con lo que hace. Dijo que, aunque su voz y la de Cencic son muy distintas, se sienten muy a gusto cantando juntos, y la verdad es que dieron esa impresión en todo momento sobre el escenario.

A Cencic tenía ganas de oírlo tras su no demasiado brillante papel en L’incoronazione di Poppea del pasado mes de octubre, ópera que además no tiene grandes ocasiones de lucimiento, todo hay que decirlo. En esta ocasión su voz sonó perfectamente amoldada al repertorio, cálida y brillante, lo cual viene a reafirmar la teoría de que muchas veces valoramos injustamente a un cantante que no ha escogido el repertorio más adecuado para su voz. Es doble el mérito teniendo en cuenta que ese día estaba aquejado de dolor de garganta y oídos, dato que conocimos después del concierto. Al unirse a la de Jaroussky, el resultado fue una conjunción máxima que habría podido hacer descender del cielo satélites, estrellas y astros varios.

Tras un concierto de estas características creo que el público no aplaudió lo suficiente, como si estuviéramos acostumbrados a escuchar algo así todos los días en esta nuestra región. Otros no salíamos de nuestro asombro y no podíamos despegar la vista del escenario llenos de emoción tras lo que acabábamos de escuchar. Con un concierto así, resulta sencillamente imposible no alcanzar la felicidad.

Señora Petarda

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Eugenio Oneguin, en el Teatro Real

29/10/2010 at 8:06 pm (ópera, música, Señora Petarda) (, , , , , )

Esta es una crónica que tenía escrita desde hace unos días y que, aunque sea con retraso, no he querido dejar de publicar.

El mes pasado fuimos a ver Eugenio Oneguin, de Chaikovski, en el Teatro Real de Madrid con la orquesta y coro del Teatro Bolshoi de Moscú, o casi, porque se trataba de una emisión en directo a través de una pantalla de gran calidad en la fachada del teatro.

Previamente había leído alguna crítica sobre el estreno de esta ópera que, no conociendo la obra como era mi caso, no invitaba demasiado a verla. Parece ser que en el estreno el público no aplaudió demasiado y que la puesta en escena fue abucheada por algunos, la verdad es que no entiendo bien por qué. Menos mal que no solemos hacer mucho caso en general a las críticas y preferimos sacar nuestras propias conclusiones y decidimos ir a verla de todas formas. Resultó ser una buena elección y una vez más sentí que algunos críticos y yo no habíamos visto la misma obra. O al menos no en el mismo planeta.

Se trata de una ópera diferente a otras que he visto en muchos sentidos. Tiene poca acción pero hay un constante fluir de sentimientos y emociones muy intensos.  Las arias son maravillosas, como la de la carta cantada por Tatiana, el aria de Lenski antes del duelo o la del príncipe Grevin en el último acto, y el idioma ruso, tan melodioso, les da un aire muy especial. Está basada en una novela en verso de Alexander Pushkin, que sin duda leeré en cuanto tenga ocasión. El reparto fue de lujo y la escena, un inmenso comedor de colores apagados recreando un banquete familiar en los dos primeros actos, y otro cargado de colorido y lujo en el tercero, creo que encajaba y que acompañaba perfectamente a la historia. Parece ser que las enormes mesas de ambos comedores rompieron el encanto y la poesía de la obra para algunos y que ese fue el motivo principal de los abucheos a la escenificación, junto con la escena del duelo en el que no hubo tal.

Tatiana escribe su carta sobre la mesa de la discordia.

Es cierto que las mesas eran muy grandes y ocupaban gran parte de la escena y que el duelo fue sustituido por un disparo accidental de un rifle tras un forcejeo (seguido por un espectacular salto y caída sobre la mesa de Lenski dignos del mejor especialista de cine, todo hay que decirlo), pero tampoco fue para tanto, digo yo. Poco me molestaron las dimensiones de las mesas o que no hubiera duelo sobre la nieve. Estaba demasiado ocupada poniendo cara de arrobamiento y fascinación, teletransportándome a otros universos paralelos y suspirando de cuando en cuando. Atolondrada que está una cuando le ponen delante una ópera que le gusta. Tendré que hacérmelo mirar.

De los cantantes, aunque en general el nivel era muy bueno, destacaría a Tatiana Monogarova, que representó a una conmovedora y melancólica Tatiana que me emocionó hasta los tuetanillos y me dejó el corazón en un puño con su aria de la carta, a Mariusz Kwiecien como Oneguin, que estuvo imponente y creíble a más no poder y al bravísimo Alexey Dolgov en el papel de Lenski, que se llevó bastantes ovaciones del público, y no fue para menos.

La obra tiene como personaje principal a Tatiana Larina, una joven sencilla, soñadora y algo taciturna que vive en el campo y que un buen día conoce, a través de un amigo de su familia, Lenski, a Eugenio Oneguin, un joven garboso y algo altanero del que se enamora al instante. No pudiendo contener ni un instante la emoción que se apodera de ella, armándose de valentía y rompiendo con mil convenciones sociales de la época, decide enviarle una carta a Oneguin confesándole su amor. Oneguin, algo turbado y sorprendido por esta espontaneidad, la rechaza, argumentando que él no está hecho para el matrimonio, para vergüenza y humillación de Tatiana. Años más tarde ambos vuelven a encontrarse en una cena en casa del príncipe Grevin, que se ha casado con Tatiana. En cuanto Oneguin la ve, cae rendido a sus pies y le confiesa su amor. Tatiana duda de esta confesión porque cree que se debe sólo a su ascenso en la escala social, pero Oneguin persiste. Ella le confiesa que también le ama y duda durante un instante, pero decide permanecer fiel a su esposo. Además de esta historia principal tenemos la protagonizada por Lenski en un segundo plano. Está enamorado de Olga, hermana de Tatiana y algo frívola, que no le hace demasiado caso. Por un malentendido entre los dos amigos con respecto a Olga, Lenski y Oneguin se baten en duelo en una escena especialmente intensa, precedida por un aria de Lenski que es una de las más bonitas de la obra.

Oneguin se desmorona en una impresionante escena final.

Me encantó el pequeño detalle de que las palabras de Oneguin al descubrir a Tatiana en casa del príncipe Grevin fuesen muy parecidas a las que usa Tatiana cuando comienza a escribir la carta. El personaje de Tatiana simplemente me fascinó. Qué se puede decir de una mujer con iniciativa que decide dar al traste con toda norma de decoro que impide a la mujer ser ella misma y que sabe llamar a las cosas por su nombre. Qué pena que al final, tras calar a Oneguin y ponerle en su sitio, dude siquiera un momento si seguirle o quedarse con su marido, un hombre encantador que le dedica un aria preciosa, por cierto. Aún así, encontrar a Tatiana en una época en la que las heroínas están destinadas casi siempre a guardar las apariencias, sufrir o morir por amor, es toda una satisfacción.  Brava, Tatiana.

Señora Petarda

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Eugenia Grandet, de Honoré de Balzac

02/09/2010 at 9:53 pm (literatura, novela, Señora Petarda) (, , , )

Eugenia Grandet fue publicada en 1833 y entra dentro del gran proyecto literario en el que Balzac se embarcó hasta su muerte llamado La Comedia humana y compuesto de varias novelas que retratan la vida en la Francia de principios del siglo XIX.

En un pequeño pueblo del oeste de Francia llamado Saumur vive el Tío Grandet, un viticultor muy rico y codicioso que posee una fortuna enorme. Mientras Grandet disfruta haciendo negocios y adorando Muchacha cosiendo, de Carl Holsoesus riquezas en privado cada noche al volver a casa, su mujer y su hija Eugenia viven en una ignorancia total de su status social y trabajan de sol a sol en los cuidados del hogar junto con Nanón, la sirvienta de la familia. Grandet sueña con casar a su hija con alguien relevante y de buena posición, y nadie le parece acertado entre los partidos que se le ofrecen en el pueblo por parte de las familias de los Cruchot y los Des Grassins. Eugenia, en cambio, vive enamorada en secreto de su primo Carlos, recién llegado de París por asuntos familiares.

Esta lectura me dejó un sabor de boca agridulce y me resultó un tanto perturbadora. Se cuenta una historia muy dura con una prosa bellísima que engancha desde el primer momento.  Balzac emplea en esta novela, de trama bastante simple, un estilo muy directo y fluido que da el realismo deseado a la narración, y no obstante la salpica aquí y allá de amplias descripciones, grandes frases y párrafos irrepetibles con una habilidad digna de un genio.  Para muestra, un botón:

A los dulces sentimientos de la vida no les quedaba más que un lugar subalterno; sólo hallaban asilo en tres corazones puros: el de Nanón, el de Eugenia y el de su madre. ¡Cuánta ignorancia, para preservar su ingenuidad! Eugenia y su madre no sabían nada de la fortuna de Grandet; juzgaban de la vida a la luz de sus pálidas ideas; no apreciaban ni despreciaban el dinero a fuerza de estar acostumbradas a prescindir de él. Sus sentimientos, heridos sin que ellas mismas lo advirtiesen, pero vivaces, así como el secreto de sus existencias, las convertía en algo aparte de aquellas gentes cuya vida era puramente material. ¡Horrible condición la del hombre! No hay una sola de sus dichas que no esté edificada sobre una ignorancia.

Otro párrafo memorable es este en el que se describe el ambiente parisino del que viene Carlos. Sobran las palabras (las mías, se entiende):

Sin embargo, Carlos era un parisiense, inducido por las costumbres de París, por la propia Anita, a calcularlo todo; era ya viejo bajo la máscara de la juventud. Había recibido la espantosa educación de aquel mundo en que, se cometen, en una sola noche, más crímenes de pensamiento y de obra que los que castigan los tribunales en un año, de aquel mundo en que el chiste asesina las más hermosas ideas, en que sólo pasa por fuerte el que ve claro, y en que ver claro consiste en no creer en nada, ni en los sentimientos, ni en las personas, ni siquiera en los acontecimientos, puesto que hasta los acontecimientos llegan a falsificarse. Allí, para ver claro, es necesario sopesar cada mañana la bolsa de un amigo, saber colocarse, políticamente, por encima de todo lo que pasa, guardarse interinamente de admirar nada, ni obra de arte ni una buena acción, y atribuir todo un móvil interesado.

El señor Grandet es uno de esos personajes al que me apetece odiar por su mezquindad y egoísmo, pero Balzac le describe con tanto detalle y cuidado que me hace verle como a una víctima de su propia ignorancia y hasta comprenderle un poco contra mi voluntad. El personaje de Eugenia me produce impotencia y tristeza al mismo tiempo porque es una de esas mujeres con principios que podrían llegar lejos pero que se ven aplastadas por el peso de la vida cotidiana y una educación religiosa estricta centrada en fomentar la pureza y la ignorancia que le impiden cualquier tipo de decisión libre, aunque esto no es nada nuevo y mucho menos para una mujer de provincias en la Francia del siglo XIX.

No puedo decir que Eugenia Grandet me haya encantado porque el recuerdo de su historia me entristece, pero su lectura ha ejercido sobre mí un influjo importante. Tengo ganas de leer más de esa agria y fascinante comedia humana.

Señora Petarda

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Agrippina, en el Via Stellae

27/07/2010 at 7:44 pm (ópera, música, Señora Petarda) (, , , , , )

Hemos estado unos días en Santiago de Compostela para disfrutar del festival Via Stellae y hemos vuelto inflados cual pollos (y no sólo por todas las cosas ricas que nos hemos llevado a la panza), «embarroquecidos» a más no poder y encantados de la vida tras todo lo oído y disfrutado. Aparte de ociosear de la manera más indecente posible, durante 4 días fuimos a nada más y nada menos que a 7 conciertos, a cual mejor.

En el caso remoto de que tuviera que elegir uno (¿para qué elegir, pudiendo quedármelos todos?), me quedaría con la Agrippina de Händel que nos ofreció Fabio Biondi con su Europa Galante y una muy básica pero no por ello menos efectiva escenificación de Davide Livermore, consistente en sombras proyectadas sobre una pantalla blanca al fondo del escenario y los cantantes, todos vestidos de negro, entrando y saliendo por delante de la orquesta que, debido al reducido tamaño del Teatro Principal, tocó encima del escenario.

Ann Hallenberg

Ann Hallenberg

Musicalmente esta ópera es una preciosidad. Es una sucesión de momentos sublimes que llenan el espíritu y que le hacen a uno sentir como si flotase, poner cara de tonto (o de admiración) y suspirar y resoplar más de una vez, por hacer algo ante tanta maravilla. Ya me pasó en su día con Ariodante, otra joya de Händel con la que ni pestañeé, y eso que duraba tres horas y media. Ni qué decir tiene que escuchar en directo a una orquesta como Europa Galante en un teatro tan pequeño fue una pura delicia.

Entre los cantantes destacaría sobre todo a la gran actriz (además de fantástica soprano) Ann Hallenberg en el papel de Agripina y al contratenor español Xavier Sábata como Otón, que con el aria Voi che udite il mio lamento que se marcó consiguió ponerme la carne de punta y los pelos de gallina. Siento cierta debilidad por las voces de contratenor y Sábata me encantó por su expresividad y delicadeza al afrontar cada nota. Lorenzo Regazzo como Claudio, además de deleitar al público con su poderosa voz de bajo, demostró sus dotes como humorista y consiguió arrancar más de una carcajada en algunas escenas, como su aparición con una bola del mundo hinchable al más puro estilo de El gran dictador. La que quizá flojeó un poco fue Verónica Cangemi como Popea, aunque creo que es algo cruel decir esto teniendo en cuenta que su papel no es precísamente el más fácil, con unas arias de vértigo no aptas para cualquiera por bueno que sea.

Como norma general no me gusta juzgar sin más a un cantante como veo hacer a menudo en foros y críticas a algunos «entendidos», salvo en casos muy extremos. Por supuesto que tengo mis preferencias y en ocasiones puedo ser un tanto irracional como todo el mundo con aquello que me gusta o me disgusta, sin olvidar que la ópera (y la música, en general) es un ámbito propicio para el despelleje y que yo lo practico a menudo, eso sí, procurando que haya más buen humor que mala baba. Como humilde aficionada al canto, creo que a un cantante hay que analizarlo teniendo en cuenta siempre la dificultad del papel, y en todo caso juzgar bien o mal la elección del mismo. No deberíamos descartar la voz de un cantante sistemáticamente si no ha cumplido nuestras expectativas (y mucho menos despreciarla si no hace temblar los cimientos del teatro o no vibra lo suficiente). Verónica Cangemi tiene una voz muy bonita y expresiva, pero el papel de Popea en mi opinión es de otro universo.

Agrippina es una mezcla de comedia y sátira en la que el engaño, la hipocresía y la inmoralidad están presentes en todo momento y en la que los personajes femeninos centran la acción, Agripina como gran conspiradora y embaucadora para conseguir que su hijo Nerón sea el nuevo emperador de Roma y Popea como mujer seductora y con carácter que trama venganza por las afrentas recibidas de ésta. Los personajes masculinos, aunque con intereses claros, no dejan de ser manejados por ellas a su antojo para conseguir sus deseos. Claudio se nos presenta como un ser arrogante y un poco bufón que disfruta mirándose el ombligo y mariposeando en torno a Popea para seducirla, Nerón, como un adolescente caprichoso e inconsciente deseoso de llegar al poder y también de conseguir el amor de  Popea, y Palas y Narciso como dos hombres totalmente sumisos ante Agripina y capaces de todo con tal de conquistarla. El único personaje con un corazón honesto es Otón, decidido a renunciar al trono de Roma antes que a su amor, Popea. Al final, tras tanta intriga y venganza, Claudio restablece el orden otorgando el trono de Roma a Nerón y la mano de Popea a Otón, con lo que ellas quedan contentas y se aplacan así sus furias. La obra termina con un pequeño coro en el que todos cantan al dios del amor pidiendo su bendición. Aunque por lo general me gustan los dramones en la ópera, es de agradecer un final feliz y equilibrado tras tanto enredo y que por una vez nadie muera ni se suicide.

No sé qué más puedo decir que no haya dicho ya. Disfrutadla los que no lo hayáis hecho aún, mientras yo sigo levitando.

Señora Petarda

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Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox

16/05/2010 at 10:22 am (literatura, literatura española, novela, Señora Petarda) (, , )

Hace poco leí por recomendación del señor Petardo “Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox”, segunda novela de Pío Baroja que fue publicada entre 1900 y 1901 en forma de folletín.  Sólo por ser de su autor y por las notas de la contraportada del libro la novela ya prometía, y efectivamente no defraudó en absoluto.  Su lectura fue un puro disfrute y la recomiendo sin ningún tipo de duda.

La novela se desarrolla en el Madrid de finales del siglo XIX y retrata la vida bohemia de aquel entonces.  No tiene un argumento claro, sino que retrata una serie de anécdotas y situaciones en ocasiones disparatadas e hilarantes, vividas por unos personajes de lo más variopinto y peculiar, como el propio Paradox, su amigo Diz de la Iglesia, el portero Ramón o el grupo de bohemios descarados y enredadores.  Silvestre Paradox es un científico y filósofo un tanto estrafalario que vive en una modesta buhardilla en la calle Tudescos con escasos recursos y que se dedica a inventar artilugios de todo tipo, esperando crear algún increíble aparato que deslumbre a la gente y le haga rico.  En esta búsqueda le acompaña su amigo don Avelino Diz de la Iglesia, coleccionista incansable y gran entusiasta de los inventos de Paradox.  El capítulo en el que se presenta a don Avelino es para mí uno de los mejores.  Otro grupo de personajes a destacar, como mencioné antes, es el de los bohemios, una cuadrilla de escritores, mangantes en general, que se dedica a vivir, nunca mejor dicho, por amor al arte, a frecuentar tertulias y a engañar al editor de una revista literaria para vivir a su costa.  Impagable es también el capítulo dedicado a ellos.

A modo de curiosidad, parece ser que esta novela fue inspirada por la también publicada por entregas Los papeles póstumos del club Pickwick, de Charles Dickens, que gustaba mucho a Baroja y que Paradox tiene entre sus pertenencias en la novela.

A pesar de la miseria general de sus personajes y de la crítica social que se esconde entre sus líneas, Baroja consigue escribir una obra cómica y burlona que deja muy buen sabor de boca y una amplia sonrisa al terminar de leerla.

Señora Petarda

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