Macbeth en el Teatro Jovellanos
La compañía asturiana «El callejón del gato» estrenó el otro día su montaje de Macbeth en el Teatro Jovellanos, con no poco revuelo en el lado de las butacas.
Lo más sorprendente de la representación fue, sin duda, ver cómo únicamente cuatro actores defendían una obra de ocho o nueve personajes, más aún cuando uno de ellos se dedicaba en exclusiva al personaje de Macbeth, y otro casi al 100% a la ambientación sonora que tuvo la obra. Quedan sólo dos actores para el resto del montaje.
Hay que ser muy bueno y tener muchas tablas para poder cambiar de rol en un momento y ser convincente. Como es habitual en estas situaciones, los actores se ayudaban de pequeños objetos que identificaban a cada personaje: una falda para lady Macbeth, un busto de maniquí para Macduff…
El montaje fue muy sencillo e imaginativo. Sin medios para construir un decorado realista, hay que excitar la imaginación del espectador con simbolismos y objetos cotidianos. A veces no se trata de ver, si no de imaginar.
Otro detalle, relativamente accesible y muy efectivo, fue la utilización de varios instrumentos de percusión, siempre ubicados en un lateral del escenario, y que acompañaron casi todas las escenas de la obra. Fue un recurso súper efectivo que le dio a toda la obra cierto ambiente ampuloso que estuvo muy acertado.
Al no conocer la obra original de Shakespeare, hubo un par de escenas que no entendí, quizás también por ser un montaje demasiado confuso o abstracto en algún momento, pero en balance, el resultado global me gustó bastante.
Justo al contrario que a la mayoría del público que abarrotó el Jovellanos, y que fue muy rácano con los aplausos finales. Incluso más tarde escuché que se oyeron algunos pitidos en el patio de butacas.
Reflexionando más tarde sobre la reacción del público, pensé que para poder disfrutar de una obra hay que saber primero qué es lo que se va a ver. Yo fui al teatro sabiendo que estaba pagando una miseria de entrada por ver a una compañía local, sin ínfulas de grandeza y sin ninguna proyección exterior, y salí de él muy satisfecho e incluso sorprendido por la ingeniosidad del montaje, las agallas de los actores (que por cierto, proyectaban la voz que daba gusto), y por el interesante ambiente que creaba la percusión.
La representación tuvo algún aspecto negativo, quizás los mayores de ellos, lo confusa que se hacía la obra en algunas escenas, y el ridículo timbre de voz que alguno de los actores empleó al interpretar alguno de sus varios papeles.
El cualquier caso, se ve a distancia que se trata de problemas de, o exceso de apasionamiento, o una más que evidente limitación de medios. Sea cual sea la razón, no es justo silbar para despedir a unos actores que se han dejado la piel en un estreno.
Señor Petardo
